“Cualquiera puede acabar en la calle sin apoyo familiar”

Sin hogar Lázaro

Quiere y no quiere que demos su nombre y mostremos su rostro. Dice que no le importa, pero, a la vez, que su intuición le dice que no. “Estoy contrariado”, comenta con un resoplido. Y es que Fernando (nombre ficticio) es una persona sin hogar, aún lo es aunque ya no vive en la calle, recibe una pensión y estudia Administración. Sigue estando, como él mismo reconoce, en una situación de sinhogarismo. Acude a Cáritas Diocesana de Tenerife cada vez que le piden que hable con otras personas en su misma situación, a las que les cuenta el carrusel en el que se convirtió su vida en los dos últimos años y cómo ha logrado eso que llaman “normalizarla”, pero dar su nombre en el periódico y mostrar su rostro le produce un desasosiego que finalmente le lleva a pedir el anonimato.

No quiere admitirlo, aunque quizás esos dos años que Fernando pasó en la calle le han llevado a huir de las miradas acusadoras, de los juicios de valor que muchos emiten nada más escuchar su marcado acento andaluz: “Me dicen que si soy gitano, y donde los gitanos que soy castellano”. Prejuicios lo llaman. A lo mejor, solo quiere evitar dar tantas explicaciones como las que tuvo que ofrecer para acceder al tratamiento para la enfermedad degenerativa que padece, sobre todo, cuando veían la dirección que figuraba como su domicilio, en la avenida de Bélgica, justo donde se ubica el proyecto de Cáritas, Café y Calor. “El tono cambiaba inmediatamente”, explica dolido. La historia de Fernando es como la de muchos que viven en la calle, más de 500 solo en Santa Cruz. “Tenía un trabajo, vivía en un piso propiedad de mi padre y tenía una vida normal”, detalla. Todo eso cambió de un día para otro. “Mi padre murió, me diagnosticaron mi enfermedad, perdí el trabajo y todo se desmoronó”. Fernando perdió los apoyos familiares, el sustento económico y sufrió un empeoramiento físico que, todo unido, lo llevó a la calle. “Mi madre no estaba en condiciones de ayudarme después de la muerte de mi padre, y mis hermanos, bueno, tampoco se vieron capaces de hacerlo”, comenta como si estuviera hablando de algo muy lejano en el tiempo.

“Dejé el piso en el que estaba y pisé un albergue por primera vez. Estuve dos meses y medio. Aprendí a cortarme el pelo, a buscarme la vida”, añade. Venir a Canarias le pareció una buena forma de empezar de nuevo y se marchó de Andalucía. “Conseguí algo de dinero y vine para aquí”. Al cuarto día de estar en Tenerife empezó a trabajar, pero, a los 15 días, “me puse malo y perdí el trabajo”. La historia se repetía. Fue entonces cuando acudió al albergue de Santa Cruz, donde estuvo “18 horas”. Tiempo más que suficiente para decidir, asegura, que prefería dormir en el parque de La Granja o la playa que en el suelo del Centro Municipal de Acogida de Santa Cruz. “Esas horas me las pasé sentado sobre mi maleta, malo, y cuando llegó la hora de dormir me ofrecieron una sábana en el suelo porque ya no había más sitio”, explica aún con algo de indignación por un suceso ocurrido hace ya dos años. “Entiendo que hay muchas personas en mi misma situación, pero el trato que dan ahí no es el mejor, y de las instalaciones prefiero no hablar”, detalla.

Tras abandonar el albergue, deambulando por la ciudad, se topó con el proyecto de Cáritas, Café y Calor. “Pasé de largo y luego volví y pensé: no tengo nada qué perder”. Admite que fue su salvación. “Me recibieron, me ayudaron. Me dieron una cama, una ducha, unos servicios. La noche la pasaba allí y luego me pasaba 12 horas dando vueltas por la ciudad para volver a la hora de dormir”. En las palabras de Fernando se nota el agradecimiento, el mismo que le lleva a hablar con DIARIO DE AVISOS a petición del programa que lo acogió y que le ha dado el impulso definitivo para salir de la calle, el Proyecto Lázaro. Para llegar hasta el momento actual, este hombre, que ahora tiene 37 años, ha tenido que enfrentarse a situaciones muy duras. “En cuanto ven la dirección, todo cambia. Cada pregunta era como una acusación, me pedían los papeles como si estuviera en un interrogatorio. Todo fue muy duro. Soy una persona sin adicciones, correcta, que tiene unos derechos, como todo el mundo”, recuerda. Por eso defiende la vital importancia de proyectos como los desarrollados por Cáritas. “Te abren las puertas y te dan un apoyo. Yo me vi con 35 años malo, solo, sin saber dónde ir ni a quién acudir. La gente ni te mira, todo el mundo va a lo suyo, como si no estuvieras”, comenta.

Sin acceso a una vivienda

Ahora comparte un piso en La Laguna. Tiene un pensión por incapacidad y estudia Administración. Todo, dice, gracias a Cáritas. “Me vi en la obligación moral de decirme que ya era mi tiempo, así que ya he salido, eso sí, muy agradecido con el Proyecto Lázaro. Si no es por ellos, yo no se dónde estaría hoy”. Conseguir un lugar en el que vivir ha sido otra de sus peleas. “Tuve muchos problemas para conseguir un alquiler, porque en cuanto dices que tienes una enfermedad, nadie te quiere alquilar y, encima, si eres hombre, para encontrar una habitación es casi imposible, porque solo piden señoritas”. Aun así, lo ha conseguido. “Comparto hasta que pueda irme a un piso en el que pueda estar yo solo, más tranquilo”. Ese es su objetivo en el corto plazo, pero también “hacer lo que han hecho conmigo”.

“No sé si se podrá hacer. El Proyecto Lázaro está en la Casa Sol y yo les digo que quiero la Casa Luna”, indica sonriendo, porque, como recuerda este joven que ha logrado reconducir su vida, “aquí caemos todos; en el momento en que la familia no está, da igual la posición económica de la que vengas, igual vas a caer”. Volver a Andalucía sigue siendo una opción. Admite que, después del apoyo psicológico recibido, puede entender la reacción de su familia. “Al principio no lo entendía, pensaba que cómo podían los tuyos darte la espalda de esa manera”. “Me han dicho que a veces las familias reaccionan como lo hizo la mía”, afirma más resignado que convencido.

Explican en Cáritas que muchas personas que tienen pensiones no contributivas lo máximo que cobran son 398 euros. “Si alquilas, no comes”, afirman. El problema es que hay muy pocos pisos para el alquiler y muy caros, por lo que las condiciones que piden, con fianza y avalistas, casi hace imposible alquilar. “No se entiende que tener un ingreso no garantiza una vivienda”.

 

                                                                                                                                                                 Publicado en el periódico Diario de Avisos