Elsa y Juan Antonio

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Fotografía: Sergio Méndez (Diario de Avisos)

Elsa y Juan Antonio tenían 20 años cuando decidieron emanciparse, dejar los estudios de Bachillerato e irse a vivir a San Isidro, en Granadilla. Se conocieron en el Instituto y se enamoraron. Juan Antonio consiguió un empleo de carpintero en Granadilla; conocía la profesión, pues su padre es un afamado profesional y él se crió entre maderas y maquinaria del taller, donde aprendió el oficio. En aquellos años la construcción en el Sur –principalmente– estaba en pleno auge y se ganaba dinero para vivir desahogadamente. Elsa, por su parte, también obtuvo un empleo como camarera de planta en un afamado hotel de la zona, una vez realizado el curso correspondiente, y la pareja vio cómo día a día prosperaba su economía, y decidieron comprar un piso en San Isidro.

Algún tiempo después, obtuvieron sendos carnets de conducir y se compraron un coche cada uno. El padre de Juan Antonio, ya mayor, decidió jubilarse, traspasar su carpintería y vivir de esa renta, además de que su esposa era costurera y hacía trabajos en su casa. Y llegaron los últimos meses del año 2007. Juan Antonio percibió un descenso del trabajo en la carpintería; Elsa, en las charlas con el resto de personal del hotel, había inquietud, pues las reservas no eran las de siempre por aquellas fechas. Un día del mes de abril de 2008, a Elsa y otras compañeras del hotel, las llamó el responsable de Recursos Humanos para informarles que eran despedidas por razones económicas del hotel.

Elsa se presentó llorando en la carpintería y, abrazándose a Juan Antonio, lloraron la situación. —No te preocupes, mi amor, yo lo gano muy bien y saldremos adelante hasta que tú consigas otro empleo, ¡hay muchos hoteles en el Sur!, -le dijo. Pero la crisis avanzaba a pasos agigantados y la carpintería ya no tenía encargos, ni siquiera para pagar sueldos. La situación de ambos fue más crítica aún, pues Elsa estaba embarazada de cuatro meses. Una tarde del mes de agosto de 2009, Juan Antonio, Elsa y la pequeña Ana, tocaron a la puerta de la casa de los padres de él, portando dos enormes maletas, conteniendo lo poco que pudieron recoger de aquel hogar en San Isidro, momentos antes del desahucio. Juan Antonio se hundió en el alcohol, y los pocos euros que recibía por el paro, los gastaba en beber.

Por voluntad propia y entendiendo que con su forma de afrontar la situación estaba perjudicando gravemente a la familia, abandonó el hogar pasando a engrosar el colectivo de personas sin hogar. Pasaron los años y Elsa no logró saber nada sobre el paradero de Juan Antonio; aún hoy, sigue sin saberlo. Ella y su hija fueron ayudadas por Cáritas; se le facilitaban tarjetas de compra para un supermercado, y entró en el Área de Empleo de nuestra Institución, donde se logró su reinserción en el mercado laboral. El pasado mes de septiembre, me encontré con Elsa, que ahora vive en el mismo barrio que yo; iba con su hija y, abrazándose a mí sollozando, dijo: “Don Leonardo, gracias a usted, a Cáritas y a las personas que tiene en Empleo, este verano mi hija ha ido al colegio a estudiar inglés, no a comer”.

Yo estoy muy agradecido a Elsa y a otras muchas “Elsas” o “Antonios” que confían en Cáritas y en su hermoso equipo humano. Pero no olvide usted, sí, usted que me lee, que sin su aportación económica, sería muy difícil que Elsa hubiese logrado su sueño del empleo. Gracias por compartir y feliz Primavera.

 

                                                                                                Leonardo Ruiz del Castillo (director de Cáritas Diocesana de Tenerife)